Cerámica

Image

Aldeas igualitarias

Durante el clásico temprano, las poblaciones mantenían un carácter igualitario y se organizaban en familias extensas que habitaban en pequeñas aldeas de entre 5 y 10 casas, distribuidas en un patrón definido cerca de los campos de cultivo. Estos asentamientos se ubicaban principalmente en las tierras más fértiles, sobre todo en las planicies aluviales de los ríos y en las riberas de los lagos.

Las viviendas eran semejantes entre sí, reflejo de la igualdad social, aunque su forma variaba según la región. En el valle de Tehuacán, por ejemplo, se ha excavado una casa de planta oval y semisubterránea. Cerca de las casas se localizaban varios pozos de almacenamiento, esenciales para resguardar los alimentos.

Las prácticas funerarias también formaban parte de la vida cotidiana: los muertos eran enterrados bajo los pisos de las casas, en las cercanías o incluso dentro de los pozos de almacenamiento abandonados, reforzando el vínculo entre los vivos, sus hogares y sus antepasados.


Cerámica

El uso del barro comenzó en el preclásico temprano, tanto para la elaboración de vasijas como para la fabricación de figurillas. Aunque la cerámica suele considerarse un indicador de sedentarismo, no existe una relación estricta entre ambos procesos. Sin embargo, debido a la fragilidad y el peso de las vasijas, su manufactura se asocia generalmente a poblaciones ya asentadas.

La cerámica es uno de los materiales más abundantes en los sitios arqueológicos. Aun cuando las piezas son frágiles, sus fragmentos se conservan bien y permiten reconstruir formas, acabados y decoraciones. Mientras las formas responden a la función y cambian lentamente, los acabados y estilos reflejan influencias artísticas y contactos culturales, lo que convierte a la cerámica en una valiosa herramienta de cronología e identificación cultural.

Los objetos más antiguos incluyen figurillas antropomorfas de Tlapacoya (2300 a.C.), vasijas tipo pox de Puerto Marqués, Guerrero, y en el valle de Tehuacán, la cerámica Purrón, de color beige a café, sin decoración, con formas como cajetes hemisféricos, tecomates y ollas globulares. Con el tiempo, aparecieron las primeras figurillas femeninas desnudas, elaboradas con técnicas de punzón.

Durante el clásico temprano, la producción artesanal se diversificó: cerámica, herramientas de obsidiana, trabajos de jade y textiles finos. Destacaron los vasos trípodes decorados, piezas de estuco policromado y la cerámica anaranjada delgada, que, según el antropólogo George Cowgill, era originaria del sur de Puebla —incluyendo el valle de Tehuacán e Ixcaquixtla— y fue importada en grandes cantidades por los teotihuacanos.

La tradición alfarera también se enriqueció con el conocimiento y las técnicas desarrolladas por los pueblos popolocas. Según los estudios del investigador Sabino Carrillo Navarro, estos artesanos dominaban un refinado proceso: decantaban y lavaban el barro para eliminar impurezas, pulverizaban las arcillas en metates de piedra y las trabajaban en capas gruesas y finas para dar solidez y acabado bruñido a las piezas.

Además, conocían el uso del horno cerrado, alcanzando temperaturas cercanas a los 700°C sin instrumentos modernos, guiándose únicamente por los colores del fuego. La cocción se verificaba por el sonido: una pieza bien lograda debía “sonar como campana”. Esta maestría, transmitida de generación en generación, aún sobrevive en comunidades de México, Michoacán, Oaxaca, Tlaxcala y Puebla, donde se siguen elaborando grandes cazuelas, ollas y jarros.

La riqueza de las arcillas locales —rojas, blancas, grises y cremosas— permitió a los alfareros crear combinaciones que dieron origen a piezas icónicas, como la célebre loza anaranjada, muy apreciada en toda Mesoamérica. Así, la cerámica no fue solo un recurso utilitario, sino un reflejo de identidad cultural, arte e innovación tecnológica en el valle de Tehuacán.