Antecedentes Históricos
El maestro Ignacio Márquez Rodiles, en su obra Formas de la Educación Precolombina (1990), señala que aún existe incertidumbre sobre el lugar exacto de origen de los olmecas o si fueron producto de una formación autóctona. Lo que sí es un hecho es que su presencia abarcó un extenso territorio: desde la costa del Golfo de México en Veracruz y Tabasco, hasta regiones de Oaxaca, Chiapas y el Istmo de Tehuantepec, extendiendo su influencia hacia Centroamérica y gran parte del altiplano mexicano. Nuevos hallazgos arqueológicos continúan revelando huellas claras de su legado.
En general, se cree que la región de Tehuacán estuvo habitada desde tiempos inmemoriales por pueblos de origen olmeca. La arqueología ha permitido establecer fases que confirman que hace aproximadamente 12 mil años esta zona fue cuna de diversas culturas, entre ellas la popoloca. Los vestigios encontrados —cerámica, arquitectura, cestería, arte mural, herbolaria y, sobre todo, la práctica de la agricultura— son prueba del alto grado de desarrollo alcanzado por estos pueblos. Sin embargo, la historia oficial aún no les ha otorgado el reconocimiento que merecen.
En el marco del 347 aniversario de la compra del título de “Ciudad de Indios” otorgado a Tehuacán en 1660, la arqueóloga Olga de Ramírez Montes de Oca, investigadora del Instituto Nacional de Antropología e Historia, resaltó la necesidad de dar a la cultura popoloca el lugar que le corresponde, pues fue tan importante como las culturas maya, olmeca, tolteca o teotihuacana. Señaló que esta cultura no está perdida, sino que es una de las más antiguas de la región, fundamental por haber representado una de las primeras manifestaciones de vida sedentaria a partir del cultivo de plantas y la elaboración de cerámica.
Un claro ejemplo de su grandeza se encuentra en la zona arqueológica de La Mesa, en la junta auxiliar de San Diego Chalma, municipio de Tehuacán. Este sitio, de gran importancia estratégica, fue paso obligado entre Mesoamérica y el sureste, convirtiéndose en punto de intercambio cultural. En él se han encontrado restos de la cerámica más antigua conocida, vinculada con la tradición pospoteri antes registrada únicamente en Guerrero, además de diversas etapas constructivas que revelan la riqueza arquitectónica de quienes habitaron la región.
El valle de Tehuacán guarda uno de los testimonios más antiguos de la historia humana en América. Entre 1960 y 1994, un equipo internacional encabezado por el investigador Richard S. Mac Neish llevó a cabo extensos trabajos arqueológicos que revelaron más de 12,000 años de prehistoria, el registro más amplio encontrado en todo el continente.
Las excavaciones en cuevas como Coxcatlán, San Marcos y Purrón ofrecieron hallazgos extraordinarios: restos de maíz primitivo, cerámica, textiles, herramientas de piedra y vestigios de aldeas tempranas. En conjunto, se recuperaron cerca de un millón de evidencias que muestran, paso a paso, cómo los grupos nómadas fueron convirtiéndose en comunidades sedentarias gracias al cultivo de plantas y, en especial, al nacimiento de la agricultura del maíz.
Este descubrimiento no solo transformó la comprensión de los orígenes mesoamericanos, sino que también colocó al valle de Tehuacán como un punto clave en la historia universal de la civilización. Aquí, entre montañas y cuevas, se conserva la memoria de quienes dieron los primeros pasos hacia la vida comunitaria, dejando un legado que aún hoy nos conecta con la raíz misma de nuestra identidad.
Fases
Durante los primeros milenios, los habitantes del valle eran cazadores seminómadas que se organizaban en pequeñas bandas. Su vida estaba marcada por la movilidad, siguiendo las estaciones para aprovechar los recursos naturales.
Armados con puntas de flecha, navajas, raspadores y trituradores, cazaban especies que hoy están extintas, como antílopes, caballos, camellos y liebres gigantes. Su dieta se complementaba con semillas de amaranto, mezquite y nopal, así como con frutos como aguacate y chupandilla, además de fibras vegetales y hojas de palma.
Hacia el final de esta etapa comenzó un cambio decisivo: los pueblos empezaron a programar sus actividades según los ciclos estacionales y a utilizar pozos de almacenamiento. Este avance marcó el inicio de una nueva forma de vida más organizada, que abrió paso a las primeras comunidades sedentarias.
En esta etapa surgieron innovaciones importantes: las puntas de proyectil con muescas o estrías tipo dardo, los raspadores alargados para trabajar pieles y nuevas piedras de moler. Lo más relevante fue la calendarización de los asentamientos; las comunidades aprendieron a moverse de una ecozona a otra según los cambios climáticos y la disponibilidad de recursos, creando un complejo sistema de técnicas de subsistencia.
Durante la sequía invernal, las microbandas se reunían en las márgenes de cuencas húmedas o junto a manantiales del oasis El Riego. Allí la caza y la recolección eran esenciales, y la captura de animales mediante trampas complementaba la dieta, junto con hojas secas, vainas y frutos. Con la llegada de la primavera, las bandas se dispersaban hacia las planicies y laderas aluviales, recolectando semillas y hojas de mezquite, nopal, amaranto y maguey, mientras la caza de animales menores comenzaba a disminuir.
En la temporada de lluvias, el valle entero se convertía en un espacio de recolección de semillas, frutos y hojas. Es probable que hacia el final de este periodo comenzara la selección y cultivo de semillas como el amaranto y el chile, además de la domesticación de especies como la cucurbita mixta y el maguey. Restos de maíz primitivo, encontrados en fitolitos y coprolitos, muestran que este grano ya formaba parte de la dieta.
En algunos lugares fértiles, las microbandas llegaban a reunirse en macrobandas, aunque más tarde volvían a dispersarse con la llegada del otoño, época dedicada a la recolección de frutos en laderas aluviales y bosques húmedos de las cumbres. Entre los frutos recolectados destacaban el aguacate, la chupandilla, el cosawicho y las ciruelas rojas y amarillas. Con el tiempo, algunos de estos árboles comenzaron a cuidarse y plantarse, lo que dio inicio a procesos tempranos de domesticación.
Gracias a esta subsistencia diversificada, surgió la necesidad de almacenar alimentos para los periodos de escasez, lo que a su vez transformó los ecosistemas y permitió un aumento en la densidad de población.
Durante esta fase, las herramientas sufrieron importantes transformaciones: se modificaron las puntas de proyectil y los raspadores, y aparecieron las manos de metate, esenciales para la molienda. Sin embargo, el cambio más profundo ocurrió en el sistema de subsistencia, que comenzó a organizarse según los ciclos estacionales.
En la temporada seca, las microbandas continuaban asentándose cerca de fuentes de agua, practicando la caza, la recolección y la captura de animales con trampas. No obstante, cada vez consumían más alimentos almacenados de otras estaciones, lo que aseguraba su supervivencia durante los meses de escasez invernal. Con la llegada de la primavera, los pobladores se dispersaban por las planicies de los valles centrales y por las laderas aluviales para recolectar semillas y frutos. Poco a poco, la recolección de plantas comenzó a sustituir a la caza como principal fuente de alimento.
Este patrón dio paso a la domesticación de plantas, entre ellas especies nativas como la cucurbita mixta, el maguey, el nopal y el maíz, además de plantas introducidas como los guajes (Leucaena), la calabaza bogosa y posiblemente los frijoles comunes. Estudios posteriores, realizados en la Universidad de Arizona, confirmaron que las mazorcas de maíz halladas en las cuevas de Coxcatlán y San Marcos tienen una antigüedad de alrededor de 7,000 años a.C., aunque también se ha demostrado que las dataciones por radiocarbono deben hacerse con restos bien tratados y limpios para obtener resultados confiables.
El valle de Tehuacán no solo fue escenario de la domesticación del maíz, sino también de un sistema de intercambio que incluía la importación de obsidiana y toba volcánica para fabricar herramientas, así como la circulación de diversas plantas domésticas. Durante la primavera, la recolección de semillas seguía siendo vital, pero en el verano húmedo las comunidades permanecían más tiempo en un solo sitio para cosechar lo que habían sembrado en meses anteriores. Esta nueva estabilidad trajo consigo mejoras en la dieta, menor mortalidad, un aumento de la población y la formación de macrobandas más numerosas.
En otoño, algunas microbandas emigraban hacia zonas más altas para recolectar aguacates, zapotes negros y blancos, cosahuicos, chupandillas y Spondias mombin. Aunque muchos de estos frutos aún no eran cultivados, se empezaba a desarrollar una agricultura incipiente y un modelo de vida semisedentario guiado por un calendario estacional. La humanidad en el valle de Tehuacán daba así sus primeros pasos hacia la sedentarización plena.
En esta fase continuó la tendencia hacia una mayor producción de alimentos, un creciente sedentarismo y un marcado aumento demográfico. Una vez más se observan cambios en las herramientas: puntas de proyectil, raspadores y piedras de moler se perfeccionaron, al tiempo que aparecieron nuevas opciones de almacenamiento y las primeras formas de arquitectura con casas semihundidas.
Las microbandas aún solían asentarse en campamentos cercanos al agua durante el invierno, cuando los recursos naturales escaseaban. Sin embargo, el incremento en la producción agrícola permitió la formación de aldeas con casas hundidas y campamentos de macrobandas en diversas ecozonas, reduciendo así la necesidad de desplazarse constantemente. En primavera, aunque seguían recolectando semillas, la tarea más importante era sembrar frijoles comunes, amaranto, chiles, calabazas (mixta, moschata y posiblemente de mayor tamaño) e incluso especies introducidas.
Un hecho notable de esta etapa fue la evolución del maíz. El grano cultivado era ya un híbrido cada vez más productivo. Al parecer, el maíz anual domesticado se difundió sin la interferencia del teocintle de la fase Coxcatlán; más tarde, al hibridarse con el teocintle perenne, dio lugar a un teocintle anual que se expandió por el valle y se cruzó con el maíz, creando nuevas variantes más productivas conocidas como maíz tripoide. Este grano generaba excedentes que permitieron a las macrobandas permanecer más tiempo en un mismo sitio durante primavera y verano, impulsando así un crecimiento poblacional sin precedentes.
La necesidad de producir más alimentos se reflejó también en la diversificación agrícola del otoño. A la lista de plantas domesticadas se sumaron el aguacate, el zapote negro y blanco, la chupandilla, el cosahuico y el Spondias mombin, ahora cultivados y no solo recolectados.
Hacia el final de esta fase, Tehuacán se encontraba en los umbrales de la agricultura aldeana. La abundancia alimentaria impulsó la consolidación de comunidades más estables, pero también trajo consigo nuevos desafíos sociales, especialmente en la organización interna de la vida comunitaria.
Los datos sobre la fase en la que se inicia la agricultura aldeana y la cerámica son escasos, al igual que en gran parte de Mesoamérica. En el valle de Tehuacán solo se han identificado dos componentes arqueológicos que sugieren este proceso. Es posible que durante esta etapa se introdujeran desde Sudamérica el algodón y las técnicas de tejido, junto con la idea misma de la cerámica, aunque la principal fuerza que impulsó el cambio parece haber sido, una vez más, el crecimiento demográfico.
Entre los hallazgos destacan tres elotes de maíz tripoide temprano, clara evidencia de la producción agrícola. Sin embargo, más allá de este testimonio, los vestigios son escasos, lo que convierte a esta fase en un periodo todavía enigmático de la historia prehispánica de Tehuacán.
La fase Ajalpan marca el inicio de la vida aldeana propiamente dicha. Las comunidades construían sus casas con bajareque y arenisca, y comenzaron a organizarse en clanes, como lo evidencian las figurillas femeninas halladas en la región.
La agricultura de subsistencia estaba en pleno desarrollo, con el cultivo de todas las especies previas y nuevas variedades de maíz híbrido, lo que aseguraba la alimentación de una población en constante crecimiento. Paralelamente, la presencia de figurillas, arte y joyería señala el surgimiento de una vida ceremonial más compleja, así como un nuevo sistema de intercambio con claras influencias olmecas.
Estos cambios, impulsados por el incremento poblacional y la interacción cultural, transformaron profundamente a Tehuacán. Hasta este momento, su desarrollo marchaba a la par del resto de Mesoamérica; sin embargo, en la siguiente fase se vislumbrará un periodo de retraso en comparación con otras regiones.
En esta fase surgieron nuevos tipos de figurillas y cerámica, así como el cultivo y consumo de distintos frutos como la crescentia cujete, los ayocotes rojos y nuevas variedades de maíz. El patrón de asentamiento cambió: las comunidades comenzaron a organizarse en caseríos vinculados a centros ceremoniales, donde destacaban pirámides y clases sociales incipientes.
El patrón de asentamiento constaba por lo general de varios caseríos relacionados a centros ceremoniales con pirámides y clases.
El cambio más trascendental ocurrió en la producción de alimentos. La agricultura de subsistencia dio paso a una agricultura con excedentes, gracias al uso del riego, que permitió cosechas tanto en temporada de lluvias como en época de secas, duplicando e incluso triplicando la producción.
Este avance trajo consigo la aparición de una burocracia temprana: oficiales encargados de supervisar la construcción y el mantenimiento de canales y presas, así como de regular la distribución del agua. El poder económico y político comenzó entonces a concentrarse en quienes controlaban este recurso vital: los sacerdotes-jefes. De esta manera, se produjo una transición del control religioso hacia un poder de carácter secular, lo que marcó el inicio del surgimiento del Estado.
Mientras al norte, en el Valle de México, y al sur, en Oaxaca, se observaban procesos similares, en Tehuacán este cambio se dio de forma particular, abriendo el camino hacia una nueva fase cultural que lo vincularía al desarrollo mesoamericano.
Durante el período clásico, la agricultura de riego alcanzó un notable desarrollo y permitió un gran crecimiento demográfico en el valle. Un ejemplo de ello es el sitio de La Presa El Purrón, donde ciertos linajes familiares transformaron un simple caserío en un verdadero pueblo fortificado, ubicado en lo alto de una colina. Este asentamiento contaba con juegos de pelota, plaza central y pirámides escalonadas, y llegó a ejercer dominio sobre aldeas y caseríos vecinos.
La agricultura intensiva seguía teniendo como base el maíz, complementado con otras plantas domesticadas y nuevas especies como ayocotes importados, cacahuates, jitomates pequeños y guayabas. Paralelamente, surgieron industrias especializadas dedicadas a la producción de sal, al tejido y a la cerámica en molde, lo que evidencia la existencia de artesanos de tiempo completo.
En el ámbito cultural, la cerámica, los incensarios, las figurillas, los pequeños pueblos en colinas —imitaciones a menor escala de Monte Albán— y las tumbas cruciformes sugieren que Tehuacán se había convertido en una especie de colonia norteña o estado subsidiario del gran centro zapoteca de Oaxaca durante el clásico.
Hacia finales del período clásico, la influencia cultural de Tehuacán dejó de provenir del sur y comenzó a orientarse hacia el norte y el occidente, en especial hacia la región mixteca de Puebla. La agricultura de riego, apoyada en largos canales y terrazas en laderas, seguía siendo la base de la subsistencia, ahora con nuevas incorporaciones como las habas y variedades más modernas de maíz.
En este contexto, llegaron al valle los nonoalcas, procedentes de la mítica Tula. Ellos se convirtieron en la élite gobernante, fundando ciudades-Estado en lugares como Tehuacán, Coxcatlán y Teotitlán del Camino. Gran parte de su historia, conquistas, religión y rituales quedó consignada en códices del grupo Borgia, como el ejemplar hallado en 1991 en el llamado Tehuacán Viejo, actualmente en proceso de desciframiento. Con el tiempo, las ciudades-Estado de Tehuacán se volvieron tributarias del Imperio Azteca.
Este fue el periodo en el que nacieron las primeras ciudades formales en el valle, sustentadas en un sistema agrícola que proveía cerca del 85% de los alimentos. Se establecieron redes de trueque y comercio, un ejército permanente, ambiciosos proyectos de irrigación y una religión compleja. Poco antes de la llegada de los españoles, los aztecas reemplazaron a los mixtecas en el dominio de la región, y la conquista puso fin a la larga historia nativa de Tehuacán y a su desarrollo agrícola iniciado desde tiempos prehistóricos.
En este mismo marco, el investigador Richard S. MacNeish destacó que las evidencias del valle ofrecían claves únicas para comprender el origen del maíz. Aunque durante décadas se pensó que sus antecesores eran el teocintle o el tripsacum, estudios genéticos de mediados del siglo XX sugirieron que el maíz moderno podría descender de un tipo de maíz palomero (popcorn), hipótesis respaldada por hallazgos arqueológicos en Tehuacán entre 1948 y 1960.
Lo más relevante es que Tehuacán muestra un caso excepcional en el Nuevo Mundo: el desarrollo de una cultura que transitó desde formas de vida cazadoras y recolectoras hasta el establecimiento de aldeas y ciudades complejas. A diferencia del Viejo Mundo, donde se habla de una “revolución neolítica”, en Tehuacán se observa un proceso más lento y evolutivo, donde la domesticación de plantas, la aparición de la alfarería y la organización social avanzaron gradualmente entre el 6700 y el 2000 a.C.
Estas investigaciones revelan que el valle aún guarda enormes campos para la exploración arqueológica, no solo para comprender la domesticación en el Nuevo Mundo, sino también para establecer comparaciones con los procesos del Viejo Mundo y, quizás, responder a una de las preguntas más profundas: cómo y por qué surge la civilización.